Feb 162015
 

CamaraGrey

Posiblemente al bueno de Grey no le quede mucho tiempo libre para la fotografía entre polvazos, lujos desmedidos y algún que otro latigazo bien dado en las nalgas de la tipa de turno. Pero de ser así, no hace falta ni haberse leído los libros -sólo el primero y en diagonal por curiosidad científica- ni mucho menos malgastar un par de horas en el cine para saber que este machote seguramente tendría un par de Hasselblad Lunar en la mesilla de su mazmorra. ¿Por qué Grey? Ni puta idea, pero eran las más caras y horteras.

Aunque a priori pueda parecer que ligar el tema fotográfico y este fenómeno erótico-literario-uterino está un poco cogido por los pelos -nótese el rollito dominante de los términos-, si hay quienes se animan a hacer un Pan de Grey, aquí no queremos ser menos.

Y es que si lo pensamos bien, la relación que muchos usuarios mantienen con la marca que firma su cámara guarda ciertas similitudes con la compleja trama que se propone en esta historia entre el señor Grey y la otra pavisosa de cuyo nombre no me acuerdo y no pienso molestarme en buscar.

Una relación que se podría resumir -por explicarlo en términos científicos- como un cansino juego de “zasca-zasca-sí-sí-más-te odio-vete-no, quédate-más-zasca-zasca”. A la bipolar jovenzuela ahora le parece fatal que el otro le ponga mirando a Rochester -otro guiño fotográfico-, pero ahora le encanta todo y está loca por sus músculos. Exacto, los fanboys de la marca parecen encantados de jugar a lo mismo.

Canon, Nikon, Sony, Olympus… Todos son unos cerdos que sólo os quieren por vuestro dinero. Da igual que practiques con devoción el “ismo” que toque, que participes en quedadas y grupos de usuarios, que jures odio eterno a los lerdos de la competencia o que ahorres durante diez años para comprarte esa cámara. Porque luego la marca de tus amores te responderá con espejos que se caen, baterías que fallan, renovaciones cada dos meses para que tu cámara ya no valga un duro en el mercado de segundo mano, reflejos cachondos -nunca mejor dicho- y un servicio técnico tan patán que hace que los latigazos de Grey parezcan masajes cariñosos.

Pero el amor es así, amigas. Si duele es que es de verdad y todas esas mierdas que aprendimos con la SuperPop. Y ojo con criticar. Si con el cabrón de Grey sólo se puede meter la prota de esta trepidante historia tan cerca de la literatura como El País del periodismo, con nuestra marca favorita pasa lo mismo. Pobre del que ose rajar desde fuera del tamaño del sensor, la patata de enfoque, o el precio desorbitado de esa cámara con la que compartimos lecho.

Lo hacen porque no entienden nada, repiten en sus particulares orgías fotográficas. Lo hacen porque les paga la competencia, porque aman a otros, porque no ven en esa cámara todo el amor que tú percibes al posar las manos sobre su empuñadura, al sentir el espejo golpeando arriba y abajo -o la falta de espejo, que nadie se altere- al pegar el ojo a ese inmenso visor…

Excitante, ¿verdad? A ver si resulta que la literatura erótico-cacharril también tiene su mercado y estamos aquí perdiendo el tiempo con blogs, chistes y reflexiones presuntamente chistosas. “50 cámaras de Grey”, id haciendo hueco en las estanterías.

 Posted by at 7:00 am
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