Apr 302015
 

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La tendencia de los fotógrafos a -por decirlo de forma suave- tener demasiada pasión por lo suyo es algo bastante conocido. Son –somos- una raza con cierta inclinación a resultar cansinos. Aquí he venido a hablar de mi libro y todas esas cosas. Que si mi cámara, mis fotos, la hora azul, el mensaje. Que si has visto qué composición, que si mira cuántos likes tengo, que si mejor usar ópticas fijas, que si fulanito no tiene ni puta idea, que si no te pierdas tal expo que es lo más.

Son –somos- tan brasas con lo nuestro que cuesta entender que todavía haya alguien dispuesto a aguantarnos en lugar de mandarnos a pasear con la cámara. Bien lejos. Y no hace falta que volvamos pronto.

La versión profesional de esa actitud que al parecer viene de serie con la cámara y en ración doble si no tiene espejo –pesaditos que son estos también con su rollo, oiga- son los fotógrafos intensos. Esos que se ponen muy serios y trascendentales cuando hablan de su foto y su trabajo. En ocasiones esas que dispararon hace muchos años y de cuyos réditos y charlas llevan viviendo desde entonces.

Así que ha llegado el momento de clamar contra los fotógrafos cansinos con el consiguiente peligro de autocrítica que ello conlleva. La urgente necesidad de esta proclama llegó hace unos días, justo antes del postre en la gala de entrega de premios de los Sony World Photography Awards.

Elliott Erwitt tenía que estar por allí, pero no pudo ser. A cambio, mandó un vídeo en el que, pese a sus años, dejó claro que mantiene intacta la retranca. Intento no tomarme demasiado en serio ni a mis fotos, dijo como si fuera lo más normal del mundo mientras se iban sucediendo algunas de sus instantáneas más conocidas.

Esas tan divertidas con perros, la bonita del espejo retrovisor que todos hemos visto alguna vez, pero también algunas con Robert Frank como protagonista, con Jackie Kennedy llorando a su recién asesinado marido, con un soldado negro sacando la lengua en Vietnam o con Nixon señalando a Khrushchev con cara de pocos amigos. Poca broma con Erwitt.

Así que menos grandilocuencia y humos y consejos sobre la vida y el arte fotográfico, amigos. Si el mismísimo Elliott, que reconoce haber tenido la suerte de que su hobby y su trabajo fueran lo mismo, invita a reírse más de nosotros mismos y de las fotos que podamos hacer, no seré yo quien le lleve la contraria. Y nadie debería, a no ser que tenga mejores fotos. Y no sé si es el caso entre los fotógrafos cansinos esos de los que estamos hablando.

Tras la segunda copa de vino –duran bastante estas ceremonias- llegó la segunda revelación de la noche: el primer premio que Rahul Talukder ganó en la categoría conceptual. Normalmente este es un apartado que provoca sudores fríos o cara de escepticismo, pero esta vez fue una grata sorpresa.

Unos retratos ya borrosos de algunas de las víctimas de aquel edificio de Bangladés que hace un par de años se vino abajo. Fotos que las familias dejaron fuera del recinto y que se fueron borrando con el paso del tiempo y con la lluvia.

Imposible ver estas fotos y no pensar en ese otro artista que dejó que los caracoles destrozaran sus postales de viajes y montó una exposición con el resultado. Con el arte también se pueden contar cosas. Solo hay que querer. O tener algo que contar más allá de nuestro grandilocuente y cansino discurso entre el arte y la polémica.

Cuando la noche avanzaba y las botellas de vino francés –con tapón de rosca, imperdonable- iban agotándose en las mesas, John Moore nos soltó una buena bofetada de realidad con sus fotos del ébola en Liberia. Poco después, en la rueda de prensa, explicaba cómo trabajaba en aquellos primeros días de la epidemia, totalmente cubierto por un traje protector, y cómo intentaba hablar con los retratados, explicándoles que estaba allí porque aquello le importaba, porque había que contarlo. Si a alguien le quedan ganas de dar la lata con sus miserias fotográficas después de ver o escuchar algo así, que levante la mano.

Pero tal vez fue el jovencísimo Yong Lin Tan quien nos dio la mejor lección de una noche que acabó resultando una interesante lección de fotografía. Su instantánea nocturna se hizo con el premio en la categoría para más jóvenes, y emocionado, se lo dedicó a su abuela. Aquella foto –contó- estaba hecha en el jardín de la casa de ella, así que no hace falta irse muy lejos para hacer grandes fotos. Nada como que un chaval de 19 años que saca mejores fotos que tú te dé una lección para calmar los humos. Y para que te entren ganas de sacar más fotos y dar menos la lata.

Y sobre los periodistas cansinos que perpetran una y otra vez los mismos artículos de opinión a base de repetir las mismas tres ideas de siempre, ¿no hablamos? A esos especímenes mejor los dejamos para otro día.

Artículo publicado en Quesabesde

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