Jan 272014
 

Contreras

Hay una pregunta que resuena cada vez que se descubre un caso de foto manipulada con las consiguientes consecuencias para el reportero: ¿por qué? ¿Qué demonios se le pasa por la cabeza a un fotógrafo que se está jugando el tipo en alguna guerra para coger el pincel de clonar y eliminar o añadir algo a una instantánea? Es algo que sabe que no puede hacerse y que, tarde o temprano, puede ser descubierto con el consiguiente problema para su prestigio y trabajo.

El reciente caso de Narciso Contreras sigue al pie de la letra el guión: una cámara de vídeo que molesta en el encuadre, más Photoshop del que cualquier código fotoperiodístico permite, foto distribuida por la agencia, se detecta la manipulación -meses después- y el fotógrafo a la calle. Fin de la historia.

En este caso hay poco debate posible sobre la edición realizada. Es cierto que no cambia el sentido original de la foto, pero todos sabemos que no se puede quitar ni añadir nada. Punto. De hecho, el propio Contreras ha reconocido el error en una carta pública que merece la pena leer.

No quiero excusarme por haber hecho algo que está penalizado con vigor por la pureza de fotoperiodismo. Soy un ejemplo vivo para los colegas, nuevos fotógrafos y aspirantes del fotoperiodismo de lo que no es correcto hacer. Por favor, tome mi decisión desafortunada como una lección de oro.

Hice un error y asumo este error como parte de lo que todavía estoy aprendiendo […] Nadie me pidió que fuera a esos lugares y arriesgar mi vida para conseguir una historia, para fotografiar, lo hice por mí mismo, y como consecuencia tengo que valorar cada momento el resultado de mis propias decisiones.

Poco que añadir a este sano ejercicio de autocrítica y de asumir las responsabilidades por parte de un fotógrafo que recientemente era galardonado -junto a otros compañeros de esa agencia- con un Pulitzer por su trabajo en Siria.

Pero puestos a señalar responsables y asumir las consecuencias, quedarse sólo en el peldaño del fotógrafo -el más bajo de la cadena, no nos olvidemos- sería un ejercicio bastante injusto, ¿no?

El propio reportero lo insinua en su carta. “Asumo las consecuencias de mi error, pero ¿quién va a asumir las consecuencias de los errores cometidos por AP? ¿Hay consecuencias para las agencias de noticias?”, se pregunta al hablar de los pies de foto que acompañan las imágenes y que, por lo que dice, no siempre se corresponden con lo que deberían ser.

¿De verdad las agencias no tienen ningún papel en todo este juego más allá de esas normas éticas que seguramente son más fáciles de recordar desde un despacho que con una cámara y un chaleco antibalas? De entrada, habría que matizar que Contreras no fue despedido, porque los fotógrafos con contrato se han convertido en algo tan habitual como los unicornios. No es una excusa para lo que hizo, pero las pésimas condiciones laborales de la profesión también exigirían que más de uno pidiera excusas o dimitiera. Y eso nunca ha ocurrido. Ni va a ocurrir.

¿Para cuándo un mea culpa de esos que pagan 70 dólares por una crónica desde Siria? ¿Para cuándo las dimisiones de los editores que piden bang-bang? ¿Y las de los directores de periódicos que recortan y juegan con las fotografías, usando el código deontológico de papel higiénico para que todo cuadre con su línea editorial o con el penúltimo chiste? ¿Hubo consecuencias por aquella portada de El País en la que salía un Chavez moribundo que no lo era? ¿Y en AFP y Getty por mangarle las fotos al fotógrafo haitiano Daniel Morel?

Ojalá -como el mismo pide- el caso de Contreras sirva de ejemplo. Pero no sólo para los fotógrafos.

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