Jun 062016
 

Cuñadanos

Además de servir en bandeja el tema de cachondeo durante unas cuantas semanas y provocar algún que otro ataque de vergüenza ajena, el delirante vídeo electoral de Ciudadanos ha servido para volver a traer a los titulares uno de los personajes más carismáticos de la fauna española: el cuñado.

Todos conocemos alguno o hemos oído hablar de ellos. Son los enterados, los tolosa (to-lo-sabe), los que repiten tópicos y lugares comunes sin tregua. Los putos listos de toda la vida, vaya.

Son los de “yo no soy racista, pero…” Los del hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Los que a tu edad ya se habían comida el mundo –aunque tengan tu misma edad-, y los liberales emprendedores que no necesitan a papá Estado.

Son esos que presumen de ayudar a su mujer en casa, los del algo habrá hecho si la policía le ha dado, los de “trabajo hay, pero hay que querer…”. Los de ni izquierdas ni derechas porque ya se sabe que todos son iguales y es mejor el centro. El extremo centro.

Expertos en todo, están convencidos de que como en España en ninguna parte, porque un día fueron a Punta Cana y no tenían ni puta idea de hacer paella. Son los del tinto –a temperatura ambiente, coño- para la carne y el blanco para el pescado y las mujeres. Y ponme otra, guapa, chata, cariño.

Opinan de todo con esa soltura que da escuchar El Larguero, leer El Mundo Deportivo, y hablar con su amigo abogado o ese otro que trabaja en La Caixa y que de eso sabe un montón. Cómo no va a saber, hombre, si fue el que más preferentes coló de su sucursal. En efecto, la única fuente de información fidedigna para un cuñado es otro cuñado.

Nada les es ajeno. Por eso, cuando ven tu cámara puede que tengas suerte y despachen el tema con un “esa sí que es buena” –si es grande y negra, porque las cámaras grandes y negras son siempre buenas- o un condescendiente “con eso cualquier hace buenas fotos”. Porque para un buen cuñadano los funcionarios son una privilegiados y las fotos las hacen las cámaras, no los fotógrafos.

Si la cosa se tuerce y estiran el asunto es posible que toca entrar en terrenos pantanosos. “Yo con el móvil hago mejores fotos que con tanta cámara”, soltará sin haber visto jamás una foto tuya mientras te enseña las suyas –el horizonte está torcido, pedazo idiota- en el teléfono chino que se ha comprado por cuatro duros pero que es mejor que el iPhone ese que sólo se compran los pijos tontos. ¿Ha dicho ya lo de los comunistas con iPhone? Dale tiempo.

Puede que estés tentando en responder, pero lo más inteligente sería no seguirle el juego. Soltar un señuelo –Paracuellos, los ERE…- y dejar que se quede ahí mordisqueando un rato. Porque si entras al trapo de forma inconsciente puede que te encuentres con una tragedia.

¿Y si resulta que el cuñadano fotográfico que te ha tocado justo al lado en esa cena de trabajo es fan de alguna marca? ¿Y si participa en uno de esos foros que acaban en –istas o en –eros (ojo, los foros son el hábitat natural de los cuñados) y empieza a explicarte las diferencias entre réflex y sin espejo?

En ese caso sólo te queda una solución. Artillería pesada: “¿Te has enterado de lo último de McCurry?”, dile mientras apuras el vino que te queda en la copa y rellenas para intentar enfrentarte a lo que te viene encima.

Al menos -piensas mientras le escuchas explicar que Photoshop es para maricones y que lo de Catalunya y Venezuela es una vergüenza- el próximo 26 de junio te podrás vengar. O al menos intentarlo.

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