Oct 132014
 
Ebola

Fotos de Andrea Comas (izquierda) y Samuel Aranda. ¿Puestos a proteger a las víctimas pixelamos a todas? Debate abierto…

¿Había que publicar la foto de la enfermera contagiada de ébola en el hospital? ¿Había que hacerla y distribuirla? ¿Aporta algo a la información? ¿Por qué nos escandalizamos -quien se escandalice- con esta violación de la intimidad de las víctimas cuando son cercanas pero nos parece más normal cuando se trata de países lejanos y normalmente pobres?

Todas estas preguntas y seguramente muchas más se han estado repitiendo durante las últimas horas desde que el sábado por la noche se publicara la ya famosa foto de Teresa Romeros. Una instantánea “robada” desde el edificio de enfrente en plan paparazzi -mucho teleobjetivo y mucho ruido- y que ayer domingo ocupó las portadas de algunos medios. Andrea Comas fue la autora y la agencia Reuters se encargó de distribuirla.

Una foto, sin duda, polémica. Mientras en las redes sociales se desataba la típica histeria combinada con algún que otro comentario interesante y las clásicas lecciones en 140 caracteres de quienes siempre tienen una opinión precisa para todo -qué pereza los que nunca dudan, ¿no?- asistimos extasiados a fenómenos realmente sobrenaturales: Tele 5 negándose a publicar la foto por cuestiones éticas -Tele 5, en serio- y El País retirando la imagen y pidiendo disculpas por Twitter. Un precedente peligroso, sin duda, porque como El País tenga que pedir perdón por toda la mierda publicada en los últimos años va a necesitar contratar a más becarios. Lo de contratar es un decir, claro.

Pero más allá de estas curiosidades, la foto de marras también ha generado un debate interesante entre los profesionales, algunos escandalizados con la publicación de la foto y otros totalmente de acuerdo con la decisión de la agencia Reuters y de los medios que han optado por sacarla. ¿Por qué hay un doble rasero dependiendo de si las personas fotografiadas son cercanas o de países y catástrofes lejanas?, preguntan estos últimos poniendo como ejemplo las aclamadas fotos de Samuel Aranda sobre enfermos y centros de atención del ébola en Sierra Leona.

No es ni mucho menos un tema nuevo, pero merece la pena repasar los comentarios enfrentados de Pedro Armestre y Antonio Pampliega para hacerse una idea de lo complejo del asunto. Y para asumir que en este caso no vale recurrir a la opinión de gente de la que normalmente te fías para, ante la duda, inclinar tu balanza hacia uno u otro lado. Ni ellos se ponen de acuerdo.

El ébola es el penúltimo caso de esta eterna discusión sobre los diferentes criterios que se aplican según hablemos de países del primer mundo o de zonas pobres. Es un resumen un poco bestia, pero bastante real. La crudeza de las fotografías parece ser inversamente proporcional al PIB del país dónde se han tomado. Y exactamente igual nuestra capacidad para escandalizarnos por la violación del derecho a la intimidad de los protagonistas.

¿Significa eso que los mismos argumentos que sirven para publicar sin pestañear y aplaudir las citadas fotos de Aranda -o cualquiera de las que llenan el palmarés de los World Press Photo- justifican que la foto de la enfermera ocupe la portada? No lo creo. Como comentan por aquí, tanto las leyes nacionales sobre el derecho a la intimidad como el propio libro de estilo de Reuters dejan poco margen a las dudas.

Pero más allá de eso, los casos tampoco parecen comparables por mucho que intentemos aislar los argumentos geográficos y poner en el mismo plano a todas las víctimas y enfermos. La foto de Teresa Romero incorporada en su cama del hospital no parece aportar nada informativamente a los datos que los mismos medios dan en el texto que la acompaña. Las fotos de Sierra Leona denuncian -la clave está en ese verbo- una situación y muestran una realidad desconocida o que pretendemos ignorar.

Los niños de las fotos de Sierra Leona no pueden defenderse para reclamar su derecho a no convertirse en el azote de nuestras conciencias occidentales, señalan algunos. Pero a estas alturas ya sabemos -o deberíamos- que como suele decir Gervasio Sánchez, el problema son los niños muertos -o enfermos y abandonados- no los fotógrafos.

Así que, volviendo al debate, ¿aporta algo lo suficientemente importante la foto del hospital Carlos III como para saltarse el derecho de un enfermo a no ser fotografiado? ¿Sirve para concienciar sobre la enfermedad, señalar la chapucera gestión del gobierno, la falta de recursos o proteger a su protagonista contra la campaña que la caverna mediática ha iniciado para culparla a ella del contagio? No lo parece.

El contenido y el estilo de la foto la sitúa más cerca del simple morbo por ver a la enferma -cuyas fotos personales además ya llevan días siendo expuestas- que por aportar algo. Un ejercicio que en este caso parece más tener que ver con la mera caza fotográfico que con el fotoperiodismo.

 

 

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