Nov 182015
 

Nutscapes

Ahora que criticar los selfies es casi más cansino que los propios autorretratos y que ya no nos asusta ni aquello del palo para fotografiarse el culo –no es broma- o que el dichoso invento haya causado más muertos que los ataques por tiburón. Ahora que ya nos habíamos acostumbrado a ver a la gente poniendo morritos delante del monumento de turno para dejar constancia de que han estado ahí y hasta nos creemos inmunes a cualquier gilipollez relacionada con el noble arte de sacarse una foto a uno mismo. Ahora es cuando voy y traigo malas noticas: nutscaping.

Puede que a alguien le suene ese nombre, que se haya cruzado con esta penúltima moda fotográfica en la revista de tendencias de turno o quizás se lo hayan comentado en el club de instagramers del barrio.

Incluso tal vez os ha llegado alguna muestra de este nuevo arte a ese grupo de WhatsApp del que siempre estáis tentados de salir –no mandan más que chorradas- pero os da cosa por aquello de quedar mal. En cualquier caso, para los que anden despistados aún a estas alturas, una búsqueda de imágenes en Internet les desvelará el gran misterio.

Nutscaping. ¿Una nueva comunidad de fotógrafos de paisaje centrada en los eclipses? Algo así, salvo por un pequeño detalle: eso que cuelga en primer plano no es ningún satélite sino lo que viene a ser un par de testículos peludos enfrentándose a la ley de la gravedad.

Tras el impacto inicial, la primera pregunta es de cajón (que no lo otro): ¿qué hay que tomarse para que ante un paisaje aparentemente espectacular decidas compartir con el mundo no la típica postal sino, como en el chiste aquel del abogado (¿qué abogado?), lo que tienes ahí colgado?

Ante semejante espectáculo (que dicho sea de paso podría perfectamente acabar en alguna feria de arte moderno o protagonizar el siguiente ensayo posfotográfico), la cuestión que uno se plantea es más bien técnica y metodológica: ¿cómo se hace esto del nutscaping?

¿Te hace alguien la foto para que tus dos pequeños amigos tengan su dosis de protagonismo y arrasen en las redes sociales? ¿Le pasas la cámara al típico turista que ande por allí mientras te bajas los pantalones y le explicas que con esa foto conseguirás tu preciado sueño de figurar en la lista de tarados sobre los que hablan siempre en Vice?

Que no cunda el pánico, porque al menos nadie tiene que sufrir las vistas que implicaría un encuadre como este. Estamos ante un auténtico selfie pelotudo en el que uno mismo se hace la foto. ¿Cómo? Quienes tengan dudas pueden consultar el manual, con gráficos y todo, que proponen en la web oficial de esta apasionante iniciativa cultural.

De todos modos no se descarta la ayuda de algún amigo, aunque hay algunas normas que conviene respetar, como lo que se puede ver y lo que es mejor guardar o el porcentaje de la foto que como mucho tiene que ocupar la huevera que se asoma: un 30% del paisaje. ¿Es o no es maravilloso?

Así que ahora que ya tenemos un plan complementario para la próxima escapada al campo (con nieve o bajo una tormenta puntúa doble), solo queda preguntarse si se trata de una gamberrada más o si definitivamente nos hemos vuelto idiotas. Ojo con sacar conclusiones precipitadas, que el palo de selfies en su momento también fue catalogado como uno de los inventos más absurdos de la humanidad.

Por cierto, amigo Zuckerberg: no creo que haga falta hacer una encuesta para deducir que la inmensa mayoría preferimos ver pezones en Instagram o Facebook que bolas peludas. En serio.

Artículo publicado en Quesabesde

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