Sep 192016
 

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Tal vez ahora suene muy exótico pero hubo un tiempo en este sector en el que las cosas no se medían por likes, followers o veces que se compartía tu artículo en Facebook sino en Photokinas. Era la medida universal de tiempo para los que movían entre cámaras y trastos fotográficos.

La fecha marcada en el calendario para saber cuándo nos pasaríamos una semana a la carrera por Colonia con demasiadas novedades, compromisos y pocas horas para dormir. En realidad es el mismo horror que cualquier otra feria, con el añadido de que la cantidad de caspa por metro cuadrado en el sector de la fotografía es lo único que no ha caído en picado en la última década.

Moqueta, discursos grandilocuentes, mucho heteropatriarca con traje, corbata y pocas ideas, azafatas por doquier, alguna que otra teta para atraer al personal… Pero, qué demonios, le acabas cogiendo cierto cariño irracional a toda esta mierda.

11304_10205010511722060_8322754059220278372_nRecuerdo mi primera Photokina como supongo los reporteros de guerra recuerdan la primera vez que escuchan una bala pasando demasiado cerca, por usar una comparación que le dé un poco de épica al asunto. Acababa de aterrizar por Quesabesde y ni las ferias de fotografía ni los aeropuertos eran lo que ahora los tontos del culo llamarían mi zona de confort. Era 2004 y, por suerte, no se decían ese tipo de gilipolleces y uno volvía de Colonia con muchas historias que contar y sobrepeso en la maleta por haber cogido demasiados catálogos.

Han pasado seis Photokinas desde aquello. Un chiste para los veteranos de verdad pero una auténtica eternidad en estos tiempos de noticias y blogueros efímeros. Buenos amigos de tal o cual medio o compañía han ido dejando el barco –bien hecho, chicos- o les han tirado por la borda los que juegan con los números.

Ya no se hacen ferias como antes -que diría un abuelo cebolleta cualquiera- pero el caso es que hoy, fiel a su cita cada dos años, ahí está Photokina. La última gran feria del sector fotográfico. La única que queda con cierto renombre internacional. Antes todo pasaba aquí. Ahora, con suerte, alguien se guarda sus novedades para que la cosa no quede demasiado desolada.

Aunque, no nos engañemos, aquí siempre se ha venido a hacer negocios, beber cerveza y comer codillo. Lo de presentar alguna nueva cámara era la típica cortina de humo para tener entretenidos a los chavales mientras se cerraba tal o cual acuerdo de distribución. ¿Acaso pensáis que esos señores hablan de megapíxeles, espejos o saben quién demonios es Steve McCurry, por citar un retocador conocido?

He visto reuniones con cámaras recién presentadas sobre la mesa que harían salivar a cualquier aficionado y que en el comercial de turno sólo han despertado una única pregunta: ¿qué margen nos vas a dar por esto? No es un buen lugar para el romanticismo, muchacho. Sigue caminando.

Así que decir que, doce años después, llegas a Photokina con las mismas ganas y energías no cuela. La edad y la experiencia, por suerte, consigue transformar parte del entusiasmo en esa cierta dosis de escepticismo y sarcasmo que nos mantiene vivos mientras el maldito Titanic se hunde y nosotros, la orquesta, silbamos en cubierta como si aquí no pasara nada.

Pero no nos pongamos tremendos porque seguro que esta semana, en algún momento, levantaremos una copa y brindaremos por la maldita Photokina. Y diremos lo de siempre. Esta es la penúltima.

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  2 Responses to “La penúltima Photokina”

  1. Lo que le sucede a un migrante en el mediterráneo parece insignificante al lado de sus penurias fotográficas.

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