Dec 022015
 

WorldPressPhoto-eticaDespués de 60 años dejando todo en manos de la fe, en la fundación World Press Photo han decidido que lo mejor será apuntar a los fotógrafos a clases de ética. O como se diría ahora: educación para la ciudadanía fotográfica.

Cerrar los ojos, mirar al cielo y rezar para que esta vez no haya polémica porque a alguien se le va la mano con Photoshop ha demostrado ser insuficiente, así que, siguiendo con la metáfora divina, los organizadores del certamen de fotoperiodismo más prestigioso del mundo han optado por poner sobre la mesa sus nuevas tablas de la ley.

Y entra todo para examen, parecía querer decir Lars Boering, presidente de la fundación, como ese profesor al que llevan tiempo tomándole el pelo y decide dar un golpe en la pizarra y ponerse serio. Y es fácil de entender, porque no es que muchos se la hayan intentado colar en las últimas ediciones, es que hasta en Visa pour l’Image se han puesto chulitos. Justo antes de quedar ellos en evidencia, por cierto.

Un auténtico culebrón al que los seis mandamientos del World Press Photo pretenden poner fin. No retocarás por encima de tus posibilidades, no descontextualizarás, no desearás cambiar el color de las cosas, honrarás la realidad de los píxeles. Lo cierto es que, tras leer la normativa y repasar las reglas con todos sus matices y ejemplos, solo se puede llegar a una conclusión: pues claro.

Y es que todo eso ya lo sabíamos. Es verdad que ahora queda algo –solo algo- más claro y que quienes se salten las normas que por otro lado imponen la lógica y el sentido común de la profesión tendrán menos excusas. Pero más allá de eso, cuesta imaginar a un reportero leyendo esta normativa y echándose las manos a la cabeza al descubrir que hasta ahora todo lo había hecho mal. Y sin querer.

Pero dejando a un lado saturaciones, viñeteos y retoques artísticos, siempre se echa de menos en este tipo de discursos sobre la integridad de la profesión un recordatorio sobre esa falacia de la objetividad. Una instantánea no deja de ser objetiva porque se reencuadre más o menos por un pequeño detalle: la fotografía nunca es objetiva.

Se les puede y debe pedir a quienes empuñan la cámara o el teclado veracidad, honestidad y contexto, pero nunca objetividad. Elegir un determinado objetivo, un encuadre que deja fuera cosas e incluye otras o un diafragma que decide si el fondo merece ser visto o que sea solo algo difuminado son decisiones que conforman una imagen final de las muchas imágenes posibles.

No hace falta ponerse metafísico o posfotográfico. El asunto es bastante sencillo: una instantánea no es un reflejo de lo que ocurre, sino una visión de lo que ocurre por parte del fotógrafo. Algo, por tanto, totalmente subjetivo. Pero, y si parte de ese proceso lo hacemos a posteriori en el ordenador como antes en el laboratorio o con una tijera… ¿ya no es lícito?

No intervenir en la escena, dictan o recuerdan también desde World Press Photo en esta normativa. Suena bien, pero todo el mundo sabe que eso es sencillamente imposible en muchas ocasiones. La presencia del reportero influye en la realidad, porque para bien o para mal los protagonistas no se comportan igual cuando hay una cámara o un espectador delante. Es algo tan viejo como el periodismo, y pretender legislar al respecto no hará que cambie.

¿Que no se pueden montar las fotos? Claro, pero no olvidemos que movernos para cambiar el encuadre y la perspectiva también es una forma de montar la imagen según nuestros gustos.

Pero si hay un detalle cuya ausencia siempre resulta especialmente molesta al hablar de la deontología de la profesión es esa timidez de World Press Photo y de muchas asociaciones de prensa a la hora de apuntar alto. La reprimenda se queda siempre en el fotógrafo malvado que se pasa con la saturación o cae en la tentación de clonar la parte fea de una foto. Mal hecho, sin duda. Colleja, como haría Mariano Rajoy a su retoño.

Pero quedarse ahí es perder el contexto general de la foto y la situación. World Press Photo se suele olvidar de mencionar que el mayor peligro para el fotoperiodismo -y el periodismo en general- no es un RAW pasado de rosca o un reportero con ínfulas de Dalí, sino los medios y quienes los controlan.

El gran problema no es una foto más tocada de la cuenta que se cuela en la línea de noticias de las agencias, sino todas aquellas que se quedan fuera. Y todos aquellos fotógrafos que también se quedaron en la calle o que no encuentran medios dispuestos a pagar por sus historias.

El auténtico problema son las crónicas desde Siria pagadas a 50 euros –no es una forma de hablar- por los grandes diarios españoles, o la dependencia de cuatro grandes agencias que monopolizan la información mundial.

¿Código ético sobre el retoque? Excelente. Ojalá eso resuelva el problema 236 en la lista que ahora mismo acecha al fotoperiodismo. Ojalá sirva para poder dejar de hablar del asunto y empezar a ocuparse de los otros 235.

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