Sep 152014
 
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Así de pequeña y mala era la primera foto que en 2004 publicamos desde Photokina. Qué tiempos aquellos…

Mi primera Photokina fue en 2004. Eso significa que llevo demasiado tiempo en esto, que los de Bilbao envejecemos bastante bien y que, calculadora en mano, la que empieza hoy es mi quinta feria. Nada para los vetaranos, una locura para el ejército de bloggers que llegan a Colonia dispuestos a contar al mundo lo último en selfies y otros detalles secundarios sobre las cámaras.

Lo bueno de repetir por quinta vez es que ya te sabes casi todo. Horarios, rutas, ruedas de prensa a las que no merece la pena ir, trucos elegantes para esquivar una entrevista con el japonés de turno que va a repetir lo mismo que hace dos años, atajos para llegar de un stand a otro sin atravesar media feria y, lo que es más importante: dónde cuidan a la prensa con café y viandas.

Lo malo de repetir por quinta vez es que ya te sabes casi todo. Los chistes, las anécdota sobre los Reyes Magos enterrados en la catedral de Colonia, que el bar al que va la prensa no es necesariamente el mejor –un periodista cuando paga él es bastante menos exquisito que cuando va invitado, no crean-, las respuestas antes de que formules la pregunta…

Y, sobre todo, el lamento sobre aquellos maravillosos años que ya no volverán. Photokina, tú antes molabas es el grito de guerra desde hace años. Y esta vez con el sector fotográfico entre la agonía y la reinvención no cabe esperar nada nuevo en este sentido. Incluso los lemas juveniles de Lomography llamando a la revolución analógica suenan ya un tanto viejunos.

Así que cual Hermann Tertch puesto hasta arriba de chupitos en TeleMadrid, posiblemente yo también podría escribir ya la crónica final de Photokina antes siquiera de que empiece. A estas horas ya conocemos lo más destacado –si no se ha publicado seguramente se ha filtrado- las cámaras de las que hablaremos los próximos meses, la penúltima prestación absurda… No somos muy de sorpresas de última hora ni de “one more thing” en este sector.

Pero pese a todo, aquí estamos. Con ese gusanillo de lunes por la mañana en Colonia cuando empieza la feria. Cruzando andando el puente de hierro sobre el Rin –si es que el despertador no ha fallado y vamos tarde- y dispuestos a pasar unos cuantos días a la carrera entre ruedas de prensa, entrevistas, canapés, vídeos y dándole a la tecla. Es lo bueno de saber casi todo, que siempre queda algo. Porque los que ya se saben todo son bastante insoportables, la verdad.

Y en mañanas como esta, diez años después, relees tu primera crónica de aquel 2004 y sonríes entre la vergüenza que siempre da leerse a uno mismo y el vértigo de los años. Y te das cuenta de que igual todo esto no tiene mucho sentido. Que esta feria y este trabajo es previsible, un tanto absurdo y puede que hasta prescindible. Pero como al final de Annie Hall, recuerdas el chiste de aquel que tenía un hermano que se creía una gallina. Oiga, ¿por qué no lo lleva al manicomio? Es que seguimos necesitando los huevos. Nosotros también seguimos necesitando Photokina.

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