Jun 062014
 

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La hierba siempre parece más verde al otro lado de la valla, dice el refrán. Tal vez sea eso, pero el caso es que cada vez que nos asomamos al mundo de la fotografía analógica nos da la sensación de que allí, entre sus cámaras, sus químicos, sus procesos antiguos y sus cosas raras todo es un poco más divertido.

Puede que sea el simple síndrome del turista –los lugares de vacaciones siempre parecen mejores- o que el truco esté en que esto es un hobby y lo otro, trabajo. Sea lo que sea, el caso es que un fin de semana de fotografía sin hablar de píxeles o crisis es una buena terapia.

Algo así ha sido esta segunda edición del Revela-T, que tras dar la campanada el año pasado, repite localización (Vilassar de Dalt) y un llamativo y arriesgado lema: el único festival de fotografía analógica del mundo.

Una paella popular, conciertos por la noche, muchas cámaras que nos recuerdan que cualquier diseño anterior fue mejor y aficionados con ganas de hablar de lo suyo. El menú que ya funcionó hace un año y que a más de uno le hizo arquear la ceja (¿un festival de fotografía química a estas alturas?) ha vuelto a ser el hilo conductor.

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