Feb 102014
 

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Muy mal tienen que estar las cosas cuando un periódico tiene que recordar en portada que es un periódico. Eso es precisamente lo que este pasado sábado hicieron los trabajadores de Libération.

Somos un periódico. No un restaurante, ni una red social, ni un espacio cultural, ni un plató de televisión, ni un bar, ni un semillero de empresas…”

Esta es la respuesta de los periodistas del diario francés a los planes de los nuevos propietarios que, según se puede leer en 233grados, pretenden “convertir el rotativo en una red social, creadora de contenidos vendibles”.

Vaya con los periodistas de Libération. Los típicos dinosaurios que no saben evolucionar y están condenados a desaparecer y blablablá… Que sí, que ya nos lo sabemos. La mierda de siempre.

Es verdad que no está el oficio como para andar por ahí presumiendo del asunto. Oiga un respeto, que soy periodista y tal. Ah sí, el peor trabajo de 2013 según este interesante estudio. Igual lo de pianista de un burdel tampoco era una mal opción.

El caso es que mientras leo en pantalla la historia de los periodistas de Liberation tengo abierta al lado una de esas revistas de life style para hombres sensibles. Esa no, la otra. La de las tetas en portada.

Una modelo habla de sus cosas y posa en una de las fotos con un Sony Z1. Un móvil estupendo al que le dedican un bonito párrafo que, de no ser porque no lo pone en ningún sitio, pensaría que es publicidad. Porque cuando es publicidad, lo dicen, ¿verdad?

Tal vez el problema sea que se nos olvida que también nosotros periodistas. O deberíamos ejercer como tales aunque no escribamos de economía, ni apretemos las tuercas a gobiernos y gentuza, ni hablemos de temas realmente importante. Pero si solo se trata de tecnología, del último trasto o de la cámara con sus megapíxeles y todo eso. ¿Periodismo? ¡Vete a Siria!

Pues sí, periodismo. Tecnológico, pero periodismo. En realidad no tiene ningún misterio.  Contar algo y hacerlo lo mejor posible. Contextualizar. Citar fuentes. Comprobar. Separar datos de opinión. Y rumores de hechos. Y publicidad -en cualquier de sus formatos- de contenido propio.

Y no ser nunca los protagonistas de la historia. E intentar cobrar por darle a la tecla. Y si puede ser algo digno, mejor. Apuntar siempre arriba cuando haya que soltar hostias. Y no tomar el pelo a los que nos leen.

Al fin y al cabo somos eso. Ni gurús, ni influencers, ni palmeros, ni los que escriben eso que va entre anuncio y anuncio. Que no se nos olvide.

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