May 262010
 

Durante estos últimos días hemos estado probando la Canon IXUS 300 HS. Es una compactilla recién salida del horno que, aunque a primera vista no parece ser gran cosa -no más cosa que las otras 500 del escaparate- en realidad es un tanto especial.

Tiene controles manuales (algo inusual en una Canon IXUS), un sensor CMOS retroiluminado y un angular de 28 milímetros y f2. Casi nada, oiga.

El otro día la saqué de paseo aprovechando una cena con amigos. Por mucho que nos encanten las gráficas y la cosa de laboratorio, nada como estos improvisados estudios de mercado para saber si, de entrada, una cámara gusta o no. Algún día, por cierto, descubrirán que les utilizo como cobayas y empezarán a pedir comisión o algo.

El caso es que andaba la cámara por allí. Muy resultona, mucha pantalla… a todo el mundo pareció gustarle. Pero, ¿cúal fue la sensación de la velada? Ni sensor retroiluminado, ni cobertura angular ni nada.

Lo que realemnte triunfó es una opción escondida entre los modos automáticos: efecto ojo de pez. Una tontería, pensarán, pero cada vez estoy más convencido de que, con tantas cámaras clónicas en el mercado, son este tipo de detalles y curiosidades lo que en el último momento inclinan a alguien a comprarse uno u otro modelo.