May 042011
 
Artículo de opinión publicado originalmente en QUESABESDE.COM

Con el permiso de El Corte Inglés y su Día de la Madre y la beatificación de Juan Pablo II, como cada primero de mayo tocaba celebrar -aunque fuera en un segundo o tercer plano informativo- el Día Internacional de los Trabajadores. Claro que celebrar no sea posiblemente el verbo más adecuado teniendo en cuenta la que está cayendo.

Con casi cinco millones de personas en el paro, la economía -la de los “pringaos” de siempre, se entiende- hecha unos zorros, y los derechos sociales caminando a buen ritmo hacia los niveles de los cuentos de Dickens, lo cierto es cada cual tiene su propia lista de quejas, agravios y argumentos más que suficientes para sacar a pasear a Mademoiselle Guillotine. O al menos arrancar un par de adoquines para ver si sigue estando debajo la arena de la playa o han aprovechado el hueco para esconder billetes de 500 euros.

Y en este panorama el oficio de periodista y fotógrafo no es una excepción. En el mundo de los plumillas las reducciones de plantilla, las jubilaciones anticipadas y en general las escabechinas en la redacción hace ya mucho tiempo que son algo habitual.

Cuenta la leyenda que hace unos años era habitual -cruzo los dedos para que lo siga siendo en algunos sitios- contratar y pagar a la gente que se dedicaba a escribir y llenar papeles o pantallas. Pero con la crisis -la de verdad y la que ha servido de escusa para soltar lastre- y el invento del periodismo 2.0 pretender que te paguen por darle a la tecla es una especie de utopía en muchos chiringuitos que se hacen llamar medios de comunicación.

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