Aug 152011
 

Artículo de opinión publicado en QUESABESDE en abril de 2005

Leo en el periódico que se va a subastar la famosa foto de Robert Doisneau en la que una joven pareja aparece retratada en pleno centro de París mientras se besan apasionadamente. Así que hoy toca ponernos un poco sentimentales.

“Le Baiser de l’Hotel de Ville” es su título oficial, que traducido, reducido y popularizado como “el beso”, ha servido para identificarla entre las grandes obras fotográficas del pasado siglo. En forma de póster ha decorado miles de paredes desnudas y posiblemente sea una de las pocas obras que se atreva a competir en popularidad con aquella mítica imagen de Alberto Korda.

“El beso” es, además, una de esas fotografías cuya historia fortalece aún más su carácter de leyenda. La imagen, captada en 1950, pertenece a una serie que Doisneau tomó para la revista American Life y que pretendía -y evidentemente consiguió- reflejar la idea de París como ciudad del amor.

Aunque ahora ya casi todo el mundo conozca su origen, durante muchos años la genial instantánea frente al ayuntamiento parisino fue considerada como una imagen captada de forma espontánea. Pero la cosa se complicó en 1992, cuando Jean y Dense Lavergne se identificaron como los enamorados que habían protagonizado el beso y reclamaron una compensación económica. No se puede negar que, derechos de imagen aparte, es una cruel manera de romper el misterio y el encanto.

A raíz de la denuncia, Doisneau acabó explicando que la imagen había sido en realidad un posado. La señora Bornet y el señor Corteaud -auténticos protagonistas, estos sí, de la escena- eran novios y estudiantes de teatro por aquella época. Cuando el fotógrafo les vio besarse en un café les pidió que repitieran la escena en la calle para que él pudiera inmortalizarles con su cámara.

Más allá de la romántica decepción -para colmo, se ve que la pareja no duró demasiados meses-, hay quienes han visto en esta revelación el fin de un auténtico mito de la fotografía y no han dudado en criticar que se tratara de un montaje.

Una curiosa reflexión que viene a decir que si todo fue fruto de la casualidad, de una cámara cargada -lista para disparar- y un dedo ágil, la fotografía es genial. Pero si, por el contrario, Doisneau tuvo la idea, pensó una composición atractiva, colocó a los personajes y obtuvo la imagen deseada, entonces la cosa no tiene mérito.

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