Jun 172015
 

EvolucionFotografica

Aporreo el teclado en pleno ataque de envidia mientras mi compañero Eduardo Parra fotografía a la nueva alcaldesa de Madrid y tuitea que algún día, dentro de unos años, podrá decir que él estuvo allí. Escribo mientras en la tele suena de fondo el discurso emocionado de la nueva alcaldesa de Barcelona y se suceden imágenes de sonrisas nerviosas de quienes, acostumbrados a perder, esta vez ganaron, y gestos torcidos de los que, abonados al poder, descubren ahora lo que es la derrota.

Los que estuvieron allí seguro que guardaran unas cuantas fotos del momento. Instantáneas capturadas con el móvil levantado sobre decenas de cabezas o tal vez un selfie que deje constancia de su presencia en tal o cual momento histórico. Fotografías hechas con la intención de perdurar para toda la vida, pero que -no nos engañemos- es posible que dentro de un año, cuando entonemos el “yo estuve allí”, igual seremos incapaces de encontrar en la interminable galería del teléfono.

Y es que disparar una sola foto es ya algo inconcebible. Luego las borro, pensamos mintiéndonos a nosotros mismos mientras escuchamos el martilleo del obturador y en la tarjeta se acumulan diez fotos idénticas. Un tic que, por cierto, ya existía antes de que llegaran los smartphones a nuestro mundo fotográfico, aunque es verdad que eso de echar la mano al bolsillo y tener siempre una cámara ha contribuido a esa adicción.

“Con lo digital no necesitas pensar, simplemente disparas como con una metralleta en las manos”, critica Elliott Erwitt en “From Darkroom to Daylight” (“Del cuarto oscuro a la luz del día”), el ensayo y documental de Harvey Wang que aborda la desaparición de la fotografía química (o la producción industrial de película, mejor dicho) a través de más de dos decenas de entrevistas a fotógrafos veteranos que, de un modo u otro, han vivido esta transición.

Así que, metralleta en mano, disparamos centenares de fotos para descubrir que, en realidad, todas son igual de malas. Si con un rollo de 36 sacábamos seis decentes –benditos los que alcanzaban esa proporción- es posible que con una tarjeta de 32 GB repleta ahora mismo consigamos el mismo número de instantáneas potables. Siendo optimistas.

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Apr 302015
 

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La tendencia de los fotógrafos a -por decirlo de forma suave- tener demasiada pasión por lo suyo es algo bastante conocido. Son –somos- una raza con cierta inclinación a resultar cansinos. Aquí he venido a hablar de mi libro y todas esas cosas. Que si mi cámara, mis fotos, la hora azul, el mensaje. Que si has visto qué composición, que si mira cuántos likes tengo, que si mejor usar ópticas fijas, que si fulanito no tiene ni puta idea, que si no te pierdas tal expo que es lo más.

Son –somos- tan brasas con lo nuestro que cuesta entender que todavía haya alguien dispuesto a aguantarnos en lugar de mandarnos a pasear con la cámara. Bien lejos. Y no hace falta que volvamos pronto.

La versión profesional de esa actitud que al parecer viene de serie con la cámara y en ración doble si no tiene espejo –pesaditos que son estos también con su rollo, oiga- son los fotógrafos intensos. Esos que se ponen muy serios y trascendentales cuando hablan de su foto y su trabajo. En ocasiones esas que dispararon hace muchos años y de cuyos réditos y charlas llevan viviendo desde entonces.

Así que ha llegado el momento de clamar contra los fotógrafos cansinos con el consiguiente peligro de autocrítica que ello conlleva. La urgente necesidad de esta proclama llegó hace unos días, justo antes del postre en la gala de entrega de premios de los Sony World Photography Awards.

Elliott Erwitt tenía que estar por allí, pero no pudo ser. A cambio, mandó un vídeo en el que, pese a sus años, dejó claro que mantiene intacta la retranca. Intento no tomarme demasiado en serio ni a mis fotos, dijo como si fuera lo más normal del mundo mientras se iban sucediendo algunas de sus instantáneas más conocidas.

Esas tan divertidas con perros, la bonita del espejo retrovisor que todos hemos visto alguna vez, pero también algunas con Robert Frank como protagonista, con Jackie Kennedy llorando a su recién asesinado marido, con un soldado negro sacando la lengua en Vietnam o con Nixon señalando a Khrushchev con cara de pocos amigos. Poca broma con Erwitt.

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