Mar 092016
 

lena_dunham

Desde hace ya tiempo ocurre un fenómeno curioso en el mundo de la moda. Las fotografías llegan a las agencias, portadas y archivos perfectas: pieles lisas y suaves, piernas y cuellos estirados, caderas estilizadas y ni rastro de bolsas bajo los ojos. Lo que viene a ser una fotografía de moda, vaya.

Sin embargo, desde que el fotógrafo aprieta el disparador hasta que la instantánea acaba en algún suplemento dominical o una de esas revistas de tendencias, se obra el milagro: nadie parece saber quién, cuándo o cómo se ha retocado la foto. Pero el caso es que nunca llega con arrugas a su destino final.

¿Un caso digno de Iker Jiménez y su nave del misterio o simple hipocresía de un sector que lleva muchos años haciendo lo mismo con el beneplácito de todos –modelos incluidos- y ahora de repente se siente señalado? Votamos por lo segundo.

No es que sea un tema nuevo, porque lo de Photoshop y la imagen de la mujer en los medios es una relación de amor-odio que se remonta unas cuantas décadas. Algunos países amagan con legislar sobre la materia, y de vez en cuando se pide que sea obligatorio indicarlo cuando una foto está retocada (todas los están, ¡sorpresa!), pero en general ahí están los muslos imposiblemente perfectos luciendo chicha en cada nueva portada.

La actriz Inma Cuesta ya puso el tema sobre la mesa hace unos meses. O mejor dicho, sobre su cuenta de Instagram, donde denunció públicamente que la que aparecía en la portada del suplemento de El Periódico no era ella. O no se reconocía. Cabe suponer que se acababa de graduar la vista y descubrió, tras años en el mundo del cine, que sus fotos se publicaban retocadas. En este caso, al parecer, con más retoque de lo habitual.

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