Jun 022011
 

Cuando las cosas se ponen feas, lo más fácil es culpar al último que ha llegado, al más débil, al que menos puede defenderse. Por eso en tiempos de crisis mensajes como “primero los de casa”, “ya no hay sitio para todos” y basuras similares calan tan bien y permiten que hasta el más tonto del pueblo consiga concejales y ayuntamientos.

Aunque soy de esos radicales que defienden la tolerancia cero con la xenofobia, reconozco que hay veces que a mi también se me va la pinza y me siento tentado de escuchar esos cantos de sirena contra los extranjeros.

Sin ir más lejos, el otro día andaba probando la nueva Nikon D5100 por el centro de Barcelona y caí en el típico error de acercarme al mercado de La Boquería y bajar después por Las Ramblas hasta el Maremagnum. El caso es que en medio de aquel infierno guiri por fin pude entender y apoyar eso de que el problema son los de fuera.

Evidentemente no quienes  hemos venido aquí desde donde sea para ganarnos la vida, sino de los turistas de sangría, paella y cerveza capaces de convertir zonas enteras de una ciudad en una especie de embajada de Benidorm. Así que totalmente de acuerdo, ¡ley de extranjeria contra los cruceros ya! Porque, es a eso a lo que se refieren los que culpan a los venido de fuera de todos los males, ¿no?

En fin, que menos mal que tras aquel paseo infernal, al final de  Las Ramblas uno puede encontrarse con alguna postal casi veraniega. De esas que -si se cierra el plano lo suficiente- puede que incluso te reconcielen con esta ciudad, sus habitantes y hasta parte de sus visitantes.