Jul 162013
 

Necesito esa cámara. Que levante la mano el que nunca haya conjugado este verbo para convencer a alguien o a sí mismo de que su futuro como fotógrafo o incluso el devenir de este arte dependían exclusivamente de tener entre las manos una cámara concreta. No es que la quiera. No es un capricho. No es una más para la colección ni algo que me vendría bien. Simplemente es que la necesito. Así, con todas las letras.

camaradiccion

Es una situación bastante habitual entre los aficionados a la fotografía -y supongo que entre los aficionados a cualquier cosa- y que puede acabar con la VISA hecha unos zorros encima del mostrador. Aunque normalmente lo que pasa es que, tras recordar que somos pobres, acabamos poniendo cara de desprecio y preguntando en voz alta quién demonios necesita una Leica M o una Sony RX1. O una RX1R, mejor.

Pero, como ocurre con muchas otras manías y pasiones, la cosa tiene cierta gracia hasta que descubres que se la ha bautizado con un nombre que no suena demasiado simpático: síndrome de adquisición de aparatos (GAS, del inglés Gear Acquisition Syndrome).

Un concepto del que se habla desde hace años tanto en el mundo de la fotografía como en otros sectores, pero que ha resurgido de la mano de Olivier Duong, un fotógrafo que lleva unos días de catarsis pública sobre su adicción a comprarse cámaras y que ha vuelto a poner el tema en los titulares y los foros.

“No recuerdo cuántas cámaras tengo, lo único que sé es que no las necesito todas”, confiesa Duong como resumen de esta singular adicción. No es una forma de hablar, porque realmente la lista de modelos por los que confiesa haber pasado este fotógrafo es como para hacérselo mirar. Desde una Nikon D80, a una Samsung NX -sí, fue él el que se compró una de esas- pasando por una Pen de Olympus por aquello de lo retro. La lista sigue con las Fujifilm X100 y X-Pro1, un montón de compactas de película, una Fujifilm de 6 x 9, cámaras técnicas… y como prueba definitiva de su enfermedad, agárrense: una Sigma DP1.

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