Mar 232016
 

Vida-Brian

Los que solo creemos en Capa tendemos a ponernos bastante pesaditos en estas fechas de crucifixiones y nazarenos. Me contaban el otro día por Málaga ante mi sorpresa por una Semana Santa que dura mucho más de una semana que en realidad todo esto va más de cultura que de fe o religión. Que ver a ateos de toda la vida ejerciendo de costaleros es de lo más normal por allí.

Así que, pensándolo bien y dejando a un lado manías religiosas, esta idea de sufrimiento y vía crucis que tanto se estila por estas fechas cuadra a la perfección con la vida del fotógrafo. Una profesión o afición que entre lo de la pasión y el calvario en que se convierte muchas veces también podría tener su propia Semana Santa.

Ellos no cargan con una cruz, cierto. Aunque seguro que más de uno ya está pensando en voz baja el chiste recurrente: algunas réflex pesan casi lo mismo. Pero lo que nunca falta alrededor del fotógrafo son los palmeros. Esos que un domingo te reciben con sus ramitas de olivo y tal pero que posiblemente al cabo de unos días estén pidiendo que te den bien fuerte con el látigo.

Y póngale también –señor romano- una corona de espinas, que esa foto de la que tanto presume seguro que está retocada, montada o algo. Aquí no hace falta ni esperar a que cante el gallo para ser negado o traicionado. Basta un poco de éxito o un premio para que el fotógrafo de turno acabe recibiendo algo más que alabanzas.

Eso nos lleva directamente a otra de las grandes figuras evangélicas que últimamente está en alza: el fotógrafo apóstol. Los hay de todos los tipos pero básicamente la idea es convencerte de que sus panes y sus peces son mucho mejores que los del vecino. Da igual que esté vendiendo un libro –perdón, un fotolibro, que es lo que se lleva ahora entre la modernez de Galilea-, su último trabajo o las bondades de la cámara con la que trabaja. El caso es que al apóstol le gusta predicar la buena nueva allí donde sea. Posiblemente sin que nadie le haya preguntado.

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