May 022016
 

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Llega un momento en la vida del fotógrafo en el que, a la hora de hacer el equipaje para la próxima escapada, lo de preparar la bolsa de las cámaras da pereza. Seguro que muchos saben a qué me refiero: siempre hay dos maletas, la propia y la mochila con la cámara de turno, los objetivos, accesorios, tarjetas y demás.

Durante muchos años era parte del ritual antes de salir de viaje. Antes reservando un hueco para los carretes y un rato para discutir con los siempre simpáticos personajes de seguridad en los aeropuertos. Que si no me pases la película por el escáner, que si menos de 800 ASA no pasa nada, que si mira lo que le hicieron a las fotos de Capa, que no sabe usted con quién está hablando… En fin, esas batallitas que tanto nos gusta recordar aunque nos pillara con los pañales fotográficos y le pongamos siempre un poco de épica al asunto.

Pero volviendo al tema, para quienes somos un desastre haciendo maletas y siempre llevamos mucho más de lo necesario, la política con las cámaras suele ser parecida: tú ponlo por si acaso. El típico error del “y si…” que te hace pensar que llevarte un 300 milímetros es una buena idea aunque sepas que ni lo vas a usar ni posiblemente va a salir del hotel.

Ya hemos hecho experimentos parecidos otras veces. A Buenos Aires nos fuimos con una de esas estupendas compactas de zoom largo y sensor en condiciones (FZ1000 de Panasonic) y para una breve escapada a Israel la idea fue viajar sólo con un 35 milímetros. No salió mal o, mejor dicho, no echamos

Estos días ando por Perú en un viaje de trabajo para La Gulateca. Aunque el plan inicial era aprovechar para estrenar una cámara que no ha llegado a tiempo al mercado, la otra opción era también muy interesante: viajar muy ligero con un modelo sencillo y ajustado de precio. Vaya, tal y como lo hacen la inmensa mayoría de las personas. Las que se siguen llevando cámara y no se conforman con el móvil, claro.

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