May 152013
 
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© Paul Hansen (Dagens Nyheter)

“El problema son los niños muertos, no los fotógrafos” Una frase que Gervasio Sánchez utilizó hace ya tiempo para zanjar la cansina discusión sobre la moralidad de publicar cierto tipo de imágenes o sobre la ética de los reporteros que trabajan en zonas de conflictos.

Una respuesta que vista la penúltima polémica -casi un culebrón por capítulos- sobre la foto elegida por los premios World Press Photo como la mejor instantánea del año tal vez deberíamos tatuarnos para tener siempre a mano.

Que sí, que manipular fotografías es inadmisible en la práctica del fotoperiodismo. No sólo por la alteración de la realidad más allá de -nunca lo olvidemos- la propia subjetividad de cada mirada y cada encuadre, sino por el flaco favor que le hace a la credibilidad de la profesión.

Que no. Que no todo vale para tener una imagen a la altura de un titular impactante. Si la foto y la historia es buena seguro que no pasa nada porque haya un poco menos de humo, un misil en lugar de tres o en el fondo algo que estropee la magnífica composición. Los límites son difusos pero están suficientemente claros: no poner ni quitar nada.

Pero hechos por vigésima vez los matices pertinentes, ¿de verdad queremos seguir hablando del maldito RAW de Paul Hansen en lugar de los dos niños sin vida que aparecen en su fotografía? Puede que sí. Igual es que somos tan cretinos como para sostener un encendido debate sobre la información XMP del JPEG de la foto o sobre la concordancia de las sombras en lugar de preguntarnos por el origen del puto misil que provocó esas muertes.

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Feb 202013
 

En este país los grandes medios sólo se acuerdan del fotoperiodismo cuando muere un reportero y toca hacerle un sentido homenaje o cuando se anuncia la lista de los premiados en los World Press Photo y la exposición de turno llega a la ciudad.

Y es que nada luce más que hablar de fotoperiodismo en mayúsculas y poniendo voz grave para rellenar páginas en el dominical entre anuncios de relojes caros y cremas rejuvenecedoras. Pagar por las fotos o mostrar un mínimo respeto por quienes se dedican a eso ya es otro tema.

Para demostrarlo, el mismo viernes que se anunciaba la lista de ganadores de esta última edición El País publicaba un interesante artículo sobre el cáncer infantil ilustrándolo con una foto de Tino Soriano. Sin firmar, y por lo visto sin pasar por caja. Curiosamente este veterano y respetado fotógrafo de National Geographic era confundido hace sólo unos días con un turista en un artículo de ABC. Curiosa forma de entender el respeto a los fotógrafos. Se ve que Google Images todavía no ha incorporado ese filtro.

©  Paul Hansen (Dagens Nyheter)

© Paul Hansen (Dagens Nyheter)

“Ganar un premio no sirve para que te den trabajo, porque a mí en España no me han ofrecido nada”, avisaba pocos días antesSamuel Aranda. Una fotografía suya fue elegida la mejor de 2011 en los World Press Photo. La misma que un medio de aquí había rechazado publicar en su revista de fin de semana. Unos genios.

Y es que intentar hacer “marca España” hablando de los tres fotoperiodistas que están entre los ganadores de esta edición es un ejercicio casi tan triste como cínico. Bernat Armangué, Emilio Morenatti y Daniel Ocho de Olza, los tres reporteros españoles agraciados este año con un World Press Photo, trabajan para la agencia internacional The Associated Press. El sueco Paul Hansen realizó la que ha sido elegida como mejor foto del año para un periódico de Suecia. Medios que pagan a fotógrafos para cubrir temas internacionales. La locura.

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