Mar 022016
 

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¿Cómo trabajan los fotoperiodistas? Malpagados, cuestionados, sin contrato, hostiados por los uniformados de turno, y con poco reconocimiento. Excepto cuando mueren o son secuestrados, claro.

Pero si dejamos a un lado las cuestiones laborales, desde el punto vista técnico el análisis de los datos de los últimos premios World Press Photo no dan alguna pista interesantes sobre el trabajo de los reporteros, más allá de las eternas guerras de marcas. Y de esa terquedad de la realidad de llevar la contrario a las compañías y embajadores que insisten en repetir que todo el mundo ya trabaja –o debería- con sistemas sin espejo.

En el caso de la última edición de estos premios, nos fijamos también en las focales con las que trabajan los fotoperiodistas. Dejando a un lado los teleobjetivos necesarios para la fotografía deportiva, hay una focal que gana por goleada: el 35 milímetros.

Es una de esas veces en la que teoría y práctica encajan a la perfección. Y es que al 35 milímetros siempre se le ha considerado la óptica fetiche de los reporteros: un ligero angular para contextualizar la escena, suficiente para salvar un retrato de ambiente llegado el momento y, para cuando hace falta algo más, con un sofisticado mecanismo de zoom cuando hace llamado: mueve el culo y acércate a la escena.

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Dec 022015
 

WorldPressPhoto-eticaDespués de 60 años dejando todo en manos de la fe, en la fundación World Press Photo han decidido que lo mejor será apuntar a los fotógrafos a clases de ética. O como se diría ahora: educación para la ciudadanía fotográfica.

Cerrar los ojos, mirar al cielo y rezar para que esta vez no haya polémica porque a alguien se le va la mano con Photoshop ha demostrado ser insuficiente, así que, siguiendo con la metáfora divina, los organizadores del certamen de fotoperiodismo más prestigioso del mundo han optado por poner sobre la mesa sus nuevas tablas de la ley.

Y entra todo para examen, parecía querer decir Lars Boering, presidente de la fundación, como ese profesor al que llevan tiempo tomándole el pelo y decide dar un golpe en la pizarra y ponerse serio. Y es fácil de entender, porque no es que muchos se la hayan intentado colar en las últimas ediciones, es que hasta en Visa pour l’Image se han puesto chulitos. Justo antes de quedar ellos en evidencia, por cierto.

Un auténtico culebrón al que los seis mandamientos del World Press Photo pretenden poner fin. No retocarás por encima de tus posibilidades, no descontextualizarás, no desearás cambiar el color de las cosas, honrarás la realidad de los píxeles. Lo cierto es que, tras leer la normativa y repasar las reglas con todos sus matices y ejemplos, solo se puede llegar a una conclusión: pues claro.

Y es que todo eso ya lo sabíamos. Es verdad que ahora queda algo –solo algo- más claro y que quienes se salten las normas que por otro lado imponen la lógica y el sentido común de la profesión tendrán menos excusas. Pero más allá de eso, cuesta imaginar a un reportero leyendo esta normativa y echándose las manos a la cabeza al descubrir que hasta ahora todo lo había hecho mal. Y sin querer.

Pero dejando a un lado saturaciones, viñeteos y retoques artísticos, siempre se echa de menos en este tipo de discursos sobre la integridad de la profesión un recordatorio sobre esa falacia de la objetividad. Una instantánea no deja de ser objetiva porque se reencuadre más o menos por un pequeño detalle: la fotografía nunca es objetiva.

Se les puede y debe pedir a quienes empuñan la cámara o el teclado veracidad, honestidad y contexto, pero nunca objetividad. Elegir un determinado objetivo, un encuadre que deja fuera cosas e incluye otras o un diafragma que decide si el fondo merece ser visto o que sea solo algo difuminado son decisiones que conforman una imagen final de las muchas imágenes posibles.

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Mar 182015
 

La gente en Internet no lee, mira las fotos. No es una apreciación del Capitán Obvio ni el típico comentario pedante para dejar claro que solo yo me leo las entrevistas de Jot Down hasta el final y dos veces mientras el resto veis “¿Quién quiere casarse con mi hijo?” en Cuatro.

Por lo visto es algo que se da por hecho entre los expertos en la cosa esa de las audiencias en la red: los SEO, los SEM y todas esas seudociencias que acabaron con los titulares que no consideren al lector un pobre incauto dispuesto a tragarse cualquier mierda si después “ocurrió algo increíble”.

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Las fotos ganadoras en las cuatro últimas ediciones de los premios World Press Photo. El cambio de las dos últimas ediciones respecto a las anteriores parece evidente. Fotografías de Samuel Aranda, Paul Hansen, John Stanmeyer y Mads Nissen.

 

En la ONU parecen compartir esta teoría y la manida idea de que una imagen vale más que mil palabras. O que mil noticias o mil informes sobre tal o cual guerra. Por eso han decidido colocar una exposición de fotografías en su sede central en Nueva York que recoge imágenes de miles de torturados y asesinados en Siria durante los últimos años.

Una colección de imágenes extremadamente duras y rodeadas de todo tipo de advertencias sobre su crudeza que, no obstante, están allí para que sean vistas por los trabajadores de este organismo internacional. El objetivo de esta descarnada exposición de 30 fotografías es claro: “Recordar a los trabajadores de la ONU que no pueden mirar hacia otro lado”, explican sus organizadores a The Guardian.

La historia de las imágenes daría para una película de espías si no fuera porque es la triste realidad. Un desertor sirio –ahora testigo protegido y conocido como Caesar- salió del país con decenas de miles de imágenes que recogen los crímenes del régimen. Desde 2011 hasta 2013 su trabajo fue uno de los más horribles que cabe imaginar: fotografiar los cadáveres en las prisiones sirias.

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Apr 072014
 

Es una de esas preguntas eternas a la hora de intentar comprender ciertos comportamientos. ¿Lo hacen porque son malos o simplemente es que no les da para más? Maldad o estulticia, he ahí la cuestión. De entrada casi siempre pensamos en la primera opción, en oscuras conspiraciones, intereses ocultos, malos de película tejiendo su plan…  pero el tiempo y la realidad acaban por señalar a la estupidez y la incompetencia como los argumentos más habituales.

Malostontos

Porque, cuando un medio de comunicación roba contenidos a un fotógrafo -léase El Huffington Post a Pedro Armestre- y poco después otro medio de ese mismo gigante editorial le concede un premio -el Ortega y Gasset de Fotografía que entrega El País- uno no puede dejar de preguntase cómo se explica semejante bipolaridad.

E imaginar la ficticia conversación telefónica entre Montserrat Domínguez (directora de ese medio que paga con prestigio) y Antonio Caño, recientemente nombrado jefazo de El País.

“-Antonio, que le habéis dado un premio al cabrón del Armestre ese, que lleva dos días rajando de nosotros por las redes sociales -Hostia Montse, es que les habéis robado un vídeo  – Y el prestigio que le damos, qué -Jajajaja, qué cachonda -Oye que lo decía en serio…”

Porque sí, El País va y decide premiar el “periodismo de denuncia social” Tal cuajo.  Sí, El País, el diario que habla en sus titulares alarmistas de los 500 trillones de subsaharianos -todavía no está tan escorados a la derecha como para decir negros pobres sin cortarse un pelo- que quieren invadirnos saltando vallas.

Periodismo de denuncia social es lo que hace Sergi Camara, un fotoperiodista que lleva 10 años retratando las migraciones en África y fotografiando lo que ocurre en esas fronteras que separan nortes y sures. Ayer apareció unos minutos en Salvados y posiblemente gracias a eso mucha gente pudo conocer su trabajo, muy difícil de ver en los grandes medios de este país. ¿Ningún editor con luces para comprar esos temas? Ah, que no venden, ya. La miseria sólo funciona en Callejeros y con música de fondo.

Y es que los reporteros sólo interesan cuando les secuestran o matan. Entonces sí hay titulares y preciosas fotos de portada para los mismos a los que se les paga 50 euros por una crónica mientras se juegan el tipo en algún lugar. ¿Y si eres freelance y te secuestran? Gracias a Ricardo García Vilanova hemos aprendido que vuelves sin equipo y con deudas pendientes de todos esos meses en los que no ingresaste un duro y las facturas siguieron llegando.

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Mar 282014
 

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Hay dos opciones: seguir reflexionando sobre las fronteras cada vez más difusas entre la fotografía y el vídeo o dejarse de rollos metafísicos, coger la cámara y empezar a grabar. Esto es lo que hicieron David Airob y David Ramos, documentando el que está considerado el deporte más violento del mundo: el calcio storico.

El resultado es un reportaje de unos 10 minutos que si todavía no habéis visto -ya os vale- ahora tenéis una excusa perfecta porque acaba de ser galardonado con un World Press Photo Multimedia en la categoría de cortometrajes.

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Dec 162013
 

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“El World Press Photo endurece sus normas para evitar el retoque”, repiten desde hace días un montón de diarios. No es casualidad o que se copien unos a otros, es que la información proviene de Europa Press y los becarios bastante trabajo tienen ahora que los periódicos se han cargado a la mitad -siendo optimistas- de la plantilla como para ponerse a reescribir los textos de las agencias.

El caso es que sí, la organización de World Press Photo parece decidida a que no se repita el culebrón del año pasado con la foto de Paul Hansen. Así que en la nueva normativa para esta edición, junto al jurado un grupo de expertos se encargará de determinar hasta que punto una fotografía ha sido mejorada en la postproducción.

Para ello –explican los organizadores– los autores que pasen las primeras eliminatorias y lleguen a las fases finales de la elección tendrán que aportar los “archivos sin procesar”. ¿Los RAW? Eso se dice en un punto del comunicado oficial de la organización, aunque después se habla simplemente de archivos originales. El negativo digital, que dicen algunos. Como si tal cosa existiera.

Aunque lógico -en cualquier concurso se piden originales si hay dudas- el sistema deja algunas cuestiones en el aire. ¿Habrá que disparar y guardar los RAW siempre si se pretende acceder a este galardón? ¿Pueden ejercer los JPEG de originales, por mucho forense digital que se ponga manos a la obra para determinar su autenticidad?

Pero más allá de la cuestión puramente técnica y de lo comprensible que resulta que desde World Press Photo pretendan cubrirse las espaldas, el problema sigue siendo el mismo. Será el jurado -explican- quien determine a partir de los datos técnicos de los expertos si el grado de retoque es permisible.

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Oct 212013
 
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La foto de la discordia. © Daniel Ochoa de Olza

Además de a jugar al mus, una de las contadas cosas que uno aprende en la facultad de periodismo es que mejor no aporrear el teclado en caliente. Así que cuando el otro día saltó la noticia sobre la decisión del ayuntamiento de Barcelona de vetar la foto de un torero para las banderolas de la exposición World Press Photo opté por contar hasta diez y dejar pasar un tiempo antes de empezar a hablar de catetos e indocumentados.

Pero transcurrido este tiempo prudencial, esos siguen siendo los únicos términos que me vienen a la cabeza. La historia es ya de sobra conocida: la genial instantánea del diestro José Padilla realizada por Daniel Ochoa de Olza fue galardonada con el segundo premio World Press Photo en la categoría de retratos en la última edición. Esa imagen se escogió para la cartelería y promoción de la exposición en Barcelona, organizada por la fundación Photographic Social Vision como desde hace nueve años.

¿Por qué esa foto y no la ganadora absoluta? Es algo habitual y, en todo caso, decisión de los organizadores de cada exposición. En este caso los motivos parecen evidentes: el autor es español, cuadra con el lema escogido para este año (Face reality, encara la realidad) y, sobre todo, es la típica imagen que cualquier editor llevaría a portada por el color y la fuerza que tiene. Si tienes esta foto y un cartel que hacer, la pones. Así de sencillo.

El problema es que las banderolas que se cuelgan en las farolas de la ciudad son un espacio cedido por el ayuntamiento y por tanto el Departamento de Comunicación tiene la última palabra. Y ha dicho que no, que esa foto no sirve. Evidentemente el resto de la cartelería se respeta –faltaría más- y por supuesto la foto se va a seguir exponiendo.

Tras pedir “ver otras opciones” el departamento dirigido por Marc Puig (CiU) y por lo visto reconvertido en experto en edición fotográfica dio el visto bueno a una instantánea de la holandesa Ananda van der Pluijm sobre el paro. ¿Argumentos ofrecidos por el consistorio? Ninguno. Según recoge El País, se ha evitado entrar en “valoraciones estéticas y de contenido”.

Lo que a muchos desde el primer minuto nos pareció una muestra más del nivel de estulticia imperante en el ayuntamiento, para mi sorpresa no todo el mundo se lo ha tomado así. Por suerte hay bastante unanimidad en el gremio de fotógrafos y periodistas a la hora de considerar este veto un error muy grave. Sin embargo, los numerosos temas que están detrás –nacionalismo, tauromaquia…- han conseguido que muchos piensen que desde el consistorio se ha hecho lo correcto o que, en todo caso, no es para tanto.

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May 152013
 
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© Paul Hansen (Dagens Nyheter)

“El problema son los niños muertos, no los fotógrafos” Una frase que Gervasio Sánchez utilizó hace ya tiempo para zanjar la cansina discusión sobre la moralidad de publicar cierto tipo de imágenes o sobre la ética de los reporteros que trabajan en zonas de conflictos.

Una respuesta que vista la penúltima polémica -casi un culebrón por capítulos- sobre la foto elegida por los premios World Press Photo como la mejor instantánea del año tal vez deberíamos tatuarnos para tener siempre a mano.

Que sí, que manipular fotografías es inadmisible en la práctica del fotoperiodismo. No sólo por la alteración de la realidad más allá de -nunca lo olvidemos- la propia subjetividad de cada mirada y cada encuadre, sino por el flaco favor que le hace a la credibilidad de la profesión.

Que no. Que no todo vale para tener una imagen a la altura de un titular impactante. Si la foto y la historia es buena seguro que no pasa nada porque haya un poco menos de humo, un misil en lugar de tres o en el fondo algo que estropee la magnífica composición. Los límites son difusos pero están suficientemente claros: no poner ni quitar nada.

Pero hechos por vigésima vez los matices pertinentes, ¿de verdad queremos seguir hablando del maldito RAW de Paul Hansen en lugar de los dos niños sin vida que aparecen en su fotografía? Puede que sí. Igual es que somos tan cretinos como para sostener un encendido debate sobre la información XMP del JPEG de la foto o sobre la concordancia de las sombras en lugar de preguntarnos por el origen del puto misil que provocó esas muertes.

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Mar 192013
 

Es normal que desconfiemos de ellos. No contentos con provocar guerras para poder hacer fotos épicas de esas que ganan premios una vez retocadas o de pegar a niños pobres para que la instantánea quede más dramática con lágrimas -todo el mundo sabe que es así-, la vileza de los fotoperiodistas llega hasta el punto de pretender cobrar por su trabajo. Como si apretar un botón fuera un trabajo. ¿Y qué más?

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Con estos antecedentes no es de extrañar que los ciudadanos de bien estén siempre al quite, intentado cazar en fuera de juego a uno de estos malvados reporteros. Para desenmascararles de una vez por todas y dejar bien claro que sólo les mueve su ego y las ganas de enriquecerse.

Y es que no hay mejor manera de forrarse que jugarse la vida con una cámara al cuello en guerras que a nadie importan. Eso es lo fácil, demagogos. Los auténticos héroes de la fotografía son aquellos que, a base de sesudos ensayos y mucha reflexión, consiguen trincar 110.000 míseros euros, gentileza de un premio Hasselblad.

Buen ejemplo de este tipo de fotógrafo sin escrúpulos es Samuel Aranda, flamante ganador del premio World Press Photo a la mejor foto de 2011. Como si semejante reconocimiento no fuera suficiente, hace unos días tuvo la osadía de no querer colaborar de forma desinteresada -sin cobrar, por si alguien no capta el sutil eufemismo- con una gran editorial que prepara un libro sobre Extremoduro. ¡Egoísta!

Aunque este detalle ya nos dio una pista sobre el tipo de personaje que se esconde tras la cámara, una astuta “investigadora de la cultura visual y la literatura” ha puesto sobre la mesa en un artículo publicado por Duckrabbit una estremecedora historia que sitúa a Aranda -y por extensión a todos los fotoperiodistas- cerca de Bin Laden en lo que a maldad respecta.

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Feb 242010
 

© Pietro Masturzo

Es parte del rito anual. Cuando se desvelan los premios World Press Photo toca reflexionar sobre dos cuestiones que ya se han convertido en lugares comunes de la profesión: el retoque digital de las imágenes en el ámbito periodístico y -como no- el papel de los reporteros en las zonas de conflicto.

Ya saben, todas esa chorradas sobre los buitres con cámaras que se van a pasear por zonas en guerra para llenar su album de imágenes impactantes.

Para colmo, la foto distinguida como instantánea del año concentra ambos discursos. Y es que la imagen de Pietro Masturzo muestra un procesamiento bastante fuerte y evidente y, además, se separa de las clásicas fotografías de guerra para apostar por algo menos evidente y violento.

Esos dos frentes los abordaban el otro día en El Fotográfico. No sé si a Ramón Peco se le ha ido un poco la mano con eso de que “Photoshop gana el World Press Photo” pero, por lo demás, el repaso a la cuestión me parece impecable.

Se me ocurre, no obstante, una tercera vía de debate. Un detalle que seguro obviarán todos esos medios que dentro de poco regarán sus dominicales con la selección de las mejores imágenes fotoperiodísticas del año, aderezadas con sesudos análisis metalinguísticos y conceptuales sobre la guerra, la imagen y alguna cosa altisonante que se les ocurra.

¿Cuantos de los fotógrafos premiados en esta edición son españoles?

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