Mar 192013
 

Es normal que desconfiemos de ellos. No contentos con provocar guerras para poder hacer fotos épicas de esas que ganan premios una vez retocadas o de pegar a niños pobres para que la instantánea quede más dramática con lágrimas -todo el mundo sabe que es así-, la vileza de los fotoperiodistas llega hasta el punto de pretender cobrar por su trabajo. Como si apretar un botón fuera un trabajo. ¿Y qué más?

aranda

Con estos antecedentes no es de extrañar que los ciudadanos de bien estén siempre al quite, intentado cazar en fuera de juego a uno de estos malvados reporteros. Para desenmascararles de una vez por todas y dejar bien claro que sólo les mueve su ego y las ganas de enriquecerse.

Y es que no hay mejor manera de forrarse que jugarse la vida con una cámara al cuello en guerras que a nadie importan. Eso es lo fácil, demagogos. Los auténticos héroes de la fotografía son aquellos que, a base de sesudos ensayos y mucha reflexión, consiguen trincar 110.000 míseros euros, gentileza de un premio Hasselblad.

Buen ejemplo de este tipo de fotógrafo sin escrúpulos es Samuel Aranda, flamante ganador del premio World Press Photo a la mejor foto de 2011. Como si semejante reconocimiento no fuera suficiente, hace unos días tuvo la osadía de no querer colaborar de forma desinteresada -sin cobrar, por si alguien no capta el sutil eufemismo- con una gran editorial que prepara un libro sobre Extremoduro. ¡Egoísta!

Aunque este detalle ya nos dio una pista sobre el tipo de personaje que se esconde tras la cámara, una astuta “investigadora de la cultura visual y la literatura” ha puesto sobre la mesa en un artículo publicado por Duckrabbit una estremecedora historia que sitúa a Aranda -y por extensión a todos los fotoperiodistas- cerca de Bin Laden en lo que a maldad respecta.

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