Apr 282014
 

Tipa2014

La misma semana que nos recordaban que la prensa diaria en papel no tiene sentido y que descubríamos que en Jot Down además de fotos muy bonitas en blanco y negro también saben hacer entrevistas insulsas con masaje y palmaditas en la espalda, los premios TIPA acudieron a su cita. Ante semejante conjunción de acontecimientos, lo lógico sería pensar que el fin del mundo está cerca y que no merece la pena seguir aporreando el teclado para repetir lo de siempre.

Pero como lo mejor de estos premios o de cualquier otro es el consiguiente cachondeo cuando se publica la escueta lista de ganadores (nótese el sarcasmo) estaría feo faltar a las tradiciones. Aunque sólo sea por estar a la altura de todas esas compañías que nos han bombardeado estos últimos días con notas de prensa sobre la cantidad de premios conseguidos. ¿Acaso los demás hacemos un comunicado cuando nos compramos algo? Pues ya está.

Y es que los TIPA que se venden a si mismo como un referente en realidad han conseguido serlo: son un estupendo ejemplo de los males del sector (“la industria”, dicen ellos), los medios y la publicidad y el marketing mal entendidos. Así, todo junto en plan apocalíptico.  No es que sean peores que otros, es que son de los más veteranos y los que más atención (y dinero) consiguen por parte de las compañías del sector.

El mecanismo y sus males son de sobra conocidos pero, para entendernos, basta con decir que muchos nos referimos a este tipo de premios como el “impuesto revolucionario”. También algunas de las marcas premiadas, conscientes de que si algún día existió el prestigio que proclaman los TIPA hace ya mucho que se esfumó.

¿Y por qué les siguen el juego? Decisiones que vienen de más arriba y que normalmente se resumen con un “a los japoneses les gustan muchos los premios y nosotros no pagamos nada”. ¿Pero alguien paga? Claro. De dos maneras: directamente por uso del logotipo que identifica un producto como premiado, e indirectamente en forma de presión para que las revistas que pertenecen a esta asociación reciban publicidad. Quienes se han animado a saltarse esa norma no escrita han tenido que soportar monumentales enfados de editores en modo “no sabe usted con quién está hablando, que yo soy un TIPA”.

Listas interminables de premiados (40 en esta edición), categorías absurdas o creadas expresamente para un producto, premios a modelos que ni se han tocado, reparto ecuánime entre todas las marcas… nada nuevo en realidad. Nosotros nos reímos de ellos y los medios que conforman esta asociación son conscientes del cachondeo. Pero a la hora de la verdad, las firmas -últimas responsables de que esto se mantenga- firman el cheque y ellos siguen facturando como campeones. Todo en orden.

Así que igual que ocurre con esos chanchullos y corruptelas que pueblan las páginas de los diarios, llega un momento en que lo peor no es ya la recalificación de turno, o los billetes de 500 en bolsas de basura, sino el descaro con el que se hace.  Y, sobre todo, la contaminación que genera a su alrededor bajo el peligroso lema de que “todo el mundo lo hace”.

Tal vez por eso los nuevos medios, esos blogs que prometían liberar de caspa al sector de la tecnología, han acabado repitiendo el modelo con sus propios premios y chanchullos de tercera regional (los TIPA se van a Canada para decidir, panda de pringaos) Tal vez por eso cueste tanto leer o escuchar críticas -en voz alta- a los TIPA o los EISA. Imitar el modelo es, sin duda, mucho más rentable que exponer sus miserias. Después de todo es uno de los trucos más viejos del mundo: que todo el mundo tenga su parte del pastel y así quede justificado aquello de que entre bomberos está feo pisarse la manguera. Si todos somos TIPA, ya nadie podrá criticarles.

Win to win, que dirían en ESADE. Son sólo negocios muchacho,  apuntaría Tony Soprano que siempre ha sido mucho más claro con este tipo de oportunidades de negocio. Así que guarda tu ética, la deontología y todas esas palabras raras que no se comen y empecemos a repartir premios. Pero que parezca un accidente.

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