Dec 162013
 

WPP

“El World Press Photo endurece sus normas para evitar el retoque”, repiten desde hace días un montón de diarios. No es casualidad o que se copien unos a otros, es que la información proviene de Europa Press y los becarios bastante trabajo tienen ahora que los periódicos se han cargado a la mitad -siendo optimistas- de la plantilla como para ponerse a reescribir los textos de las agencias.

El caso es que sí, la organización de World Press Photo parece decidida a que no se repita el culebrón del año pasado con la foto de Paul Hansen. Así que en la nueva normativa para esta edición, junto al jurado un grupo de expertos se encargará de determinar hasta que punto una fotografía ha sido mejorada en la postproducción.

Para ello –explican los organizadores– los autores que pasen las primeras eliminatorias y lleguen a las fases finales de la elección tendrán que aportar los “archivos sin procesar”. ¿Los RAW? Eso se dice en un punto del comunicado oficial de la organización, aunque después se habla simplemente de archivos originales. El negativo digital, que dicen algunos. Como si tal cosa existiera.

Aunque lógico -en cualquier concurso se piden originales si hay dudas- el sistema deja algunas cuestiones en el aire. ¿Habrá que disparar y guardar los RAW siempre si se pretende acceder a este galardón? ¿Pueden ejercer los JPEG de originales, por mucho forense digital que se ponga manos a la obra para determinar su autenticidad?

Pero más allá de la cuestión puramente técnica y de lo comprensible que resulta que desde World Press Photo pretendan cubrirse las espaldas, el problema sigue siendo el mismo. Será el jurado -explican- quien determine a partir de los datos técnicos de los expertos si el grado de retoque es permisible.

Es decir, la pregunta sigue siendo la misma. ¿Cuál es el limite tolerable del retoque en el ámbito del fotoperiodismo? Porque lo de las “prácticas habitualmente aceptadas en la profesión” que suele decirse, en realidad no significa gran cosa.

¿Tocar curvas y niveles sí, pero nada de ajustar por zonas? ¿Un poco de viñeteado bien, pero sin pasarse? ¿Pasar a blanco y negro vale? ¿Y reencuadrar? ¿Y darle al “clarity” como si no hubiera un mañana? ¿Lo que hacía Ansel Adams en el laboratorio es válido en digital? ¿Y el positivado en plan Sebastiao Salgado vale?

Muchas preguntas y pocas respuestas. O, mejor dicho, nadie que se atreva a mojarse y definir con cierta claridad lo que se considera aceptable y lo que traspasa esos límites. Lo hablábamos hace unos días en una clase del Postgrado de Fotoperiodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona, sin llegar a ponernos de acuerdo. Lo que para algunos puede ser perfectamente admisible, otros lo consideran un ultraje a la veracidad de la imagen.

En cualquier caso, hay dos ideas que se repiten curso tras curso al tratar estos temas. Los criterios van cambiando y evolucionando -tal vez por eso sea tan complicado crear una normativa clara y cerrada- y lo que ayer era intolerable hoy ya no ofende tanto. Sorprende también que el nivel de permisividad del colectivo fotográfico con este tema del retoque es mucho menor que el de los medios, agencias y lectores. Más papistas que el papa, para entendernos.

Y de fondo, como siempre, esa sensación de que la presunción de inocencia aquí no sirve. De que cualquier fotografía que gane algo es directamente sospechosa. Que todo el mundo ha procesado más de la cuenta, salvo que puede demostrar lo contrario.

Así que vayan haciendo sus apuestas porque todo parece indicar que en la próxima edición de World Press Photo también habrá polémica.

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