Nov 172014
 

“¡Niñoo, coge la cámara y ponte a hacer fotos a ver si te sacan en el Petapixel ese!” Entre la historia de Hawkeye Huey -el niño de cuatro años que arrasa en Instagram con sus instantáneas- y Carlos Pérez Naval, el chaval de 9 años que ha ganado el premio Young Wildlife Photographer of the Year, seguro que en más de un hogar se habrán escuchado cosas similares para animar a la prole a dejar un rato la puñetera Play Station y ponerse con la cámara.

Y es que ante la evidencia de que estos retoños son capaces de hacer mejores fotos que nosotros, sólo queda recurrir al clásico recurso: volcar en los hijos las frustraciones y fracasos de los padres. Funciona así más o menos, ¿no? Eres un fotógrafo del montón -dicho desde el cariño y el respeto, ojo- pero seguro que tu chaval deja en evidencia a Salgado en cuanto le pases esa réflex que tienes olvidada por casa.

#HawkeyeHuey shooting with his Polaroid at #SalvationMountain!

Uma foto publicada por Aaron Huey (@argonautphoto) em

Así que obviando que un buen padre o madre lo que haría es alejar lo más posible a su hijo de un futuro incierto como fotógrafo, exhortándolo a estudiar para llegar a ser algo de provecho en la vida, te vienes arriba con tu plan “nuevas generaciones”. Si esos dos pueden seguro que tu churumbel  también. Y mucho mejor, porque le vas a enseñar a ser un street photographer junior, que eso todavía no está inventado.

Todo genial, pero hay un pequeño detalle que has pasado por alto. En el mejor de los casos y suponiendo que tu hijo tenga el mínimo interés por irse de paseo fotográfico contigo en lugar de pasarse otra pantalla de Grand Theft Auto o seguir viendo a sus admirados Youtubers  -en realidad quiere ser influencer, aunque todavía no te lo ha dicho- mirará esa réflex que a ti te costó dos años pagar a plazos como estos chavales observan esa compacta viejuna de carrete.

Será entonces, al descubrir que para animar al chaval a hacer fotos tendrás que gastare 1.000 eurazos en un iPhone 6 Plus (“un Android no, papá, que en el colé se meten conmigo…”) cuando asumas que tu plan es un fracaso. O, en términos económicos, que resulta una inversión con un índice de rentabilidad arriesgado.

Como alternativas siempre puedes ir dejando libros de fotografía sueltos por casa a ver si suena la flauta. O explicarle -mentirle- que con una cámara entre las manos se liga mucho y las chicas o chicos de su clase le harán más caso. O, si está ya en edad de avergonzarse de sus padres, amenazarle con empezar a colgar las fotos que le haces en las redes sociales si él no empieza a hacer sus propias fotos. A tope con la psicología.

Pero bromas al margen, ojalá esta pequeña histeria con los niños fotógrafos sirva para que alguien en algún colegio se anime a montar un taller de fotografía. Y que la idea funcione y sea un éxito. Y se multiplique. Y en la próxima reforma educativa además de que la Religión puntúe tanto como la física, a alguien se le ocurra la locura de incluir una asignatura de fotografía entre las optativas. Tal y como ya se pidió hace ya años sin que aquello llegara a nada.

Pero no nos engañemos, eso no ocurrirá. Lo de la Religión sí, lo otro. En el mejor de los casos ahora mismo algún programador de televisión estará planteándose una especie de Top Chef Junior pero con fotógrafos. Con Bertín Osborne pidiéndoles a los chavales que cuenten anécdotas de sus fotos y cuenten algún chiste.. . Eh, que esa idea ya se nos había ocurrido a nosotros. Vamos a registrarla.

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