Apr 162013
 

¿Se sabe ya quién va a Sonimagfoto? Ésa ha sido una de las preguntas más repetidas en el sector durante las últimas semanas. Como si la lista de asistentes fuera tan secreta como esa del banco HSBC con españoles de pro que cotizan como suizo de pro. Como si en realidad muchos desconfiaran de los siempre entusiastas comunicados oficiales.

Sonimagfoto

Sí, amigos: esta semana toca -como cada dos años- Sonimagfoto. Una cita que sigue presumiendo de ser la de referencia del sector fotográfico del país. Algo que, sin dejar de ser cierto, no está del todo claro si es motivo de orgullo a estas alturas y visto el panorama.

Pero no se trata ahora de hacer risas de una feria que desde hace tiempo intenta sobrellevar lo mejor que puede -como tantas otras- la crisis general que afecta a las citas clásicas y la particular que lleva años poniendo al sector fotográfico en jaque. Es tentador, pero hacer leña del árbol que se tambalea es tan fácil como mezquino. Casi tanto como hacer la ola y dar palmaditas en la espalda si te ponen un “banner”. Pan para hoy, hambre para mañana. Una de las especialidades de la dieta mediterránea.

Así que, en lugar de hacer grises previsiones o chistes sobre infantas imputadas que posiblemente este año no estarán en la inauguración (la de codazos que había por sacarse una foto con ella e Iñaki Urdangarin hace pocos años, oye), nos pasaremos por allí para ver cómo esté el ambiente. Las expectativas no son muy altas, pero esperemos llevarnos una sorpresa y que, al menos, quienes han decidido exponer y acudir de visita aprovechen la cita.

Con Fotoventas desaparecida del mapa, Sonimagfoto es la última feria institucional que queda en el panorama fotográfico. Así que desear que vaya bien no es sólo una cuestión de corporativismo -hay buenos amigos entre los expositores- sino también de cariño.

Pero sería absurdo y contraproducente obviar que después de tantos años prometiendo reinventarse, la melodía empieza a sonar como la de la orquesta del Titanic. Mientras todo el que podía cogía el bote para salvarse, los músicos seguían empecinados en seguir tocando en cubierta. En ocasiones incluso sin prestar demasiada atención a si había alguien escuchando o los pasajeros ya se habían largado.

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