Dec 202010
 

Acercarse estos días a algunos de esos abarrotadas lugares donde venden trastos electrónicos es un ejercicio de masoquismo bastante interesante.

En esas andaba yo hace unos días, en una conocida cadena de tiendas que se dedican, entre otras cosas, a estos menesteres tecnológicos. Alejado, por una vez de la sección de cámaras -¡no las expongan sin el objetivo, por dios, que luego habrá que limpiar el sensor con una fregona!- y echando un vistazo a las impresoras.

El panorama es, por cierto, bastante desolador. Sin entrar en la gama alta fotográfica hay dos opciones: impresoras de menos de 50 euros que salen más rentables que comprarse un cartucho de tinta nuevo, o enormes aparatos todo-en-uno que imprimen, escanean y pasan la aspiradora al salón.

Menos mal que para animar esta desoladora estampa apareció una de las figuras más entrañables de esta temporada navideña: “el promotor”. En el mejor de los casos son comerciales que, perfectamente identificados, te intentan convencer de las bondades de la marca en cuestión que les paga la (seguramente) miserable nómina.

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